
El monumento musical
La canción «Working Class Hero» de John Lennon es una declaración de guerra musical contra un sistema económico que deforma a las personas — ¿tuvo que morir por eso?
La historia y la labor, que perdura hasta hoy, de los Beatles es como el paso de cebra de Abbey Road: una alternancia de luz y oscuridad. Los Beatles generaron un eco musical que resuena hasta el día de hoy. Los cuatro «Lads» británicos con peinado de casquete se convirtieron en los años sesenta en estrellas mundiales que realizaron un trabajo pionero en la historia de la música pop. La historia de la banda, desbordante de éxito, antes y después de su existencia, no estuvo ni está libre de sombras.
Después de 1967 pareció como si Paul McCartney ya no fuera el mismo, como si lo hubieran reemplazado. Además, se produjeron muertes misteriosas e intentos de asesinato dentro y en el entorno de los Beatles. John Lennon pertenece a los miembros de la banda que murieron prematuramente por una muerte violenta, pero que al hacerlo dejaron algo inmortal. Lennon irradiaba un espíritu de lo verdadero, lo bueno y lo bello. Sus textos y sus palabras en entrevistas dieron a una amplia masa una idea de que el mundo también podría ser muy distinto, más bello y más humano. Y precisamente eso enseñó al miedo al sistema de élites angloamericano.
La voz del antiguo cantante de los Beatles provocó graves grietas en las cadenas del sistema. Que su muerte fuera conveniente para el sistema parece, por tanto, plausible. En consecuencia, en torno a su asesinato en 1980 se entretejen innumerables preguntas abiertas, extrañas casualidades y circunstancias misteriosas. Pero por muy rápido que se apagaran los disparos mortales, tan infinitamente largo resuena el eco de los sonidos de Lennon. Una de sus obras más monumentales es, sin duda, «Working Class Hero». La canción, muy fácil de adaptar musical y líricamente, halló en consecuencia una difusión gigantesca; al fin y al cabo, casi cualquier persona atrapada en la rueda de hámster del sistema puede reconocerse en ella.
John Winston Lennon se adelantó a su tiempo. Y a su banda. Al menos en lo relativo a sus ideas y opiniones tanto políticas como filosóficas. El músico, oriundo de Liverpool, fue fundador y líder oficial del grupo de rock más exitoso de la historia de la música, The Beatles, aunque en la fase tardía de aquella formación genial fuera a menudo su amigo de juventud Paul McCartney quien ocupaba el primer plano tanto musical como mediático.
El primer sencillo de los Beatles, «Love Me Do», apareció en 1962. Después de que la banda estableciera una multitud de récords absolutos vigentes hasta hoy –y de que siga estableciéndolos, como en el año 2018, con el mayor intervalo de tiempo entre dos posicionamientos idénticos en el número uno–, los caminos de los cuatro artistas se separaron ya en 1970. Ocho años bastaron para cambiar el mundo. Se dice que los cuatro «Lads» (en español: chicos) han vendido hasta la fecha alrededor de mil millones de soportes de sonido. El afán experimentador y la fuerza innovadora de la banda hicieron que su obra siga resonando hasta el presente. Y las canciones, incluso después de 60 años, todavía suenan asombrosamente «fresh».
También en materia de técnica, aquellos músicos excepcionales –apoyados por los ingenieros de sonido de los londinenses Abbey Road Studios (antes EMI Studios)– abrieron nuevos caminos con cada publicación. Además, redefinieron la relación de los artistas con los sellos discográficos y los productores, entregaron el primer auténtico álbum conceptual de la historia del pop e inventaron de paso, en el estudio, la DI-Box (Direct Injection, inyección directa), con la que las guitarras eléctricas podían ahora conectarse directamente a las mesas de mezclas. Una revolución. Fueron la primera banda en imprimir las letras de las canciones en sus álbumes, organizaron los primeros conciertos en estadios, grabaron la primera canción de hard rock de la historia («Helter Skelter»), fueron, junto a grandes figuras como Pablo Picasso o Maria Callas, los cabezas de cartel del primer programa de televisión emitido en directo por satélite a todo el mundo y, con sus películas musicales, sentaron las bases del formato «videoclip» tal como lo conocemos hoy. También el primer éxito en las listas de los Rolling Stones salió de la pluma de Lennon y McCartney. Así, la revista musical Rolling Stone situó en 2004, con toda razón, a los Beatles en el primer puesto de los 100 mejores músicos de todos los tiempos.
Tras el último álbum conjunto, «Abbey Road» –que en la discografía figura antes de «Let It Be», pero que se grabó después (porque «Let It Be» es el único álbum de los Beatles que no produjo George Martin en Londres, sino Phil Spector en Estados Unidos) y que por eso salió más tarde al mercado–, la banda se separó a causa de las más diversas diferencias. Artísticas, organizativas, privadas: se habían distanciado, habían agotado sus energías. La fama y el dinero cobraron un tributo adicional.
Hasta aquí la historia oficial. Pues el éxito astronómico de los cuatro bardos de Liverpool parecía también atraer y liberar fuerzas oscuras. Así, hasta hoy, cantidades ingentes de fans y frikis como Mike Williams se ocupan de los numerosos enigmas que desde siempre confieren a la banda un aura misteriosa. Desde el presunto reemplazo de Paul McCartney por un doble, porque el auténtico Beatle habría muerto en un accidente de coche en 1967, hasta la imagen de Aleister Crowley, el controvertido ocultista, y otras rarezas en la portada de «Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band». En torno a la historia de los melenudos se teje una multitud de mitos.
Por ejemplo, los rumores que circulan desde los años sesenta según los cuales el Tavistock Institute, una institución británica de ingeniería social, habría utilizado a la banda para impulsar el movimiento flower power, con el fin de sentar así las bases de la sociedad fragmentada y egocéntrica de la era de los medios. Posible. Pues, como hoy hay que admitir, los esfuerzos revolucionarios de los hijos de las flores de los «Swinging Sixties» se diluyeron en su mayoría en los salones de una clase media acomodada. La responsabilidad de salvar el planeta la delegó esta, con el final de su adolescencia, en organizaciones no gubernamentales (ONG), partidos de izquierda y unos cuantos activistas destacados. La paz mundial, sin embargo, se sigue esperando en vano.
También persisten con tenacidad las dudas sobre la versión oficial de la temprana muerte de Brian Epstein, el mánager homosexual de los Beatles. Habría fallecido el 27 de agosto de 1967 por un cóctel de drogas. Otras voces afirman que fue eliminado o que se suicidó, porque estaba infelizmente enamorado de John Lennon y fue rechazado por este. O porque en instancias superiores se afanaban por encubrir escarceos sexuales de ambos. Asimismo, hasta la fecha siguen en el aire preguntas relativas a la improbable complejidad musical de más de una composición de los Beatles. En opinión de no pocos expertos, los «Fab Four», legos en teoría musical, difícilmente pudieron llevarlas a cabo por sí solos. Sir George Martin, el productor de los Beatles, en cambio, había gozado de una formación musical clásica. Es sabido que en piezas como «Yesterday» o «Eleanor Rigby» fue el responsable de los arreglos de cuerda y que una y otra vez daba a los jóvenes músicos consejos y sugerencias. Lo que no está claro es si, más allá de eso, hubo personas que influyeran de manera significativa en las composiciones.
Una multitud de dudosos casos de muerte en el entorno de la banda sigue igualmente sin esclarecerse hasta el presente. En primer lugar, el de Mal Evans, durante años road manager y «chico para todo» de los Beatles, junto a Neil Aspinall probablemente la persona que más cerca estuvo de la banda a lo largo de todos aquellos años. Un amigo. En 1976 fue abatido en Los Ángeles por la policía estadounidense con seis balas. Supuestamente porque abrió la puerta de su motel sosteniendo un arma en la mano. Sin embargo, como se puso de manifiesto, se trataba únicamente de una escopeta de juguete que estaba sobre la mesa de la habitación. Además, Mal Evans tenía fama de ser una persona sensata, fiable y cariñosa; Paul McCartney lo llamaba un «osito de peluche bonachón». Aun así, al entierro de Mal no asistió ni un solo Beatle.
Delicado: Evans llevaba consigo un manuscrito. Y una maleta llena de documentos con información íntima sobre su época con los Beatles. Ambas cosas quería tratarlas al día siguiente con su editorial Grosset & Dunlap, que también debía ayudarle a publicar un libro de revelaciones internas. Tanto el manuscrito como la maleta con la documentación están desaparecidos desde la letal visita del LAPD (Los Angeles Police Department). El antiguo roadie de los Beatles fue incinerado allí mismo, en Los Ángeles, y luego enviado de vuelta a Inglaterra en una urna, que en un primer momento se extravió en el correo.
Dudosas también las circunstancias del ataque casi mortal a George Harrison en diciembre de 1999. A las 3:30 de la madrugada, el autor, Michael Abraham, irrumpió en Friar Park, la finca de los Harrison. George, que se había despertado, se enfrentó al intruso. El intento de sorprender a Abraham para arrebatarle el cuchillo fracasó, no obstante. Acto seguido, este apuñaló varias veces al exBeatle. Después se abalanzó incluso sobre la esposa de Harrison. Pero esta logró zafarse y esconderse. Al cabo de 15 minutos, la policía llegó al lugar de los hechos y detuvo al agresor. Este declaró como móvil del crimen, de forma análoga a Mark David Chapman, el asesino de John Lennon, que había oído voces en su cabeza que lo motivaron a cometer el ataque. Harrison lo sobrevivió. Gravemente herido.
Al igual que Mark David Chapman, también Michael Abraham era una personalidad inestable, sufría problemas psíquicos en los días previos al crimen, consumía drogas y había tenido contacto repetido con las autoridades penales. Tras apenas 19 meses de tratamiento estacionario en una clínica psiquiátrica, Abraham se encuentra de nuevo en libertad desde 2002. Cabe señalar como algo llamativo que el ataque con cuchillo a Harrison tuvo lugar solo 24 horas después de una conversación entre George y Ringo Starr, el batería de los Beatles, en el marco de la cual Harrison, al parecer, dejó entrever que quería acabar con el secretismo en torno a los Beatles, sobre todo con los rumores acerca de Paul, y salir a la luz pública con la verdad. Sobre ese tema George Harrison nunca volvió a pronunciarse.
Eso es, naturalmente, agua para el molino de aquellos fans de los Beatles que consideran a Paul McCartney un doble. Un «Faul». Y por muy absurda que pueda parecer semejante teoría, existen de hecho indicios que sitúan el escenario, al menos, en el terreno de lo posible. Como, por ejemplo, el hecho de que McCartney, durante una visita a Japón en 1980, pasara nada menos que nueve días en la cárcel local para asuntos de drogas. Y no porque llevara una bolsa de marihuana en el equipaje al entrar en el país, sino porque las autoridades japonesas no pudieron verificar las huellas dactilares de la leyenda de la música. Se diferenciaban de aquellas que McCartney había dejado en los años sesenta, cuando, con los Beatles, estaba de gira por Japón y también tuvo contacto con la policía. Solo la intervención del Gobierno británico hizo posible que McCartney pudiera abandonar de nuevo Japón el 25 de enero de 1980. Sin consecuencias legales, pese a la nada desdeñable cantidad de hierba en el equipaje, por la que los simples mortales en Japón pasan tranquilamente siete años entre rejas. Hasta hace algunos años aún podía encontrarse en internet, sobre este incidente, el artículo informativo de un diario de Tokio. Pero entretanto fue borrado.
En este contexto dan también que pensar los resultados de forenses italianos, publicados en 2009 en el Wired Magazine. Los datos biométricos y el análisis científico de fotografías de distintos periodos llevaron a ambos investigadores a la conclusión de que hubo al menos dos personas que a lo largo del tiempo actuaron como Paul McCartney. A resultados similares llegó un estudio de la Universidad de Nápoles (Italia) de 2019, que constató una clara diferencia en el modo de expresarse de Paul McCartney durante las fases creativas anteriores y posteriores al álbum «Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band», el periodo en el que se supone que el doble tomó las riendas.
Igualmente desconcertante resulta la historia en torno a una demanda de paternidad que estuvo pendiente en Alemania contra «Macca». El SPIEGEL International informó de ello el 21 de mayo de 2007. También la FAZ y el periódico inglés The Telegraph. Se le imputaba a Paul McCartney negar la paternidad de un hijo engendrado fuera del matrimonio en Hamburgo a comienzos de los años sesenta. Además, en el primer proceso al respecto, que tuvo lugar ya en los años ochenta y se resolvió a favor de McCartney, habría entregado muestras de ADN falsas. Pues la firma en los documentos correspondientes procedía, según resultados de investigaciones más recientes, de una persona diestra, mientras que Paul, como es sabido, escribe y toca la guitarra con la mano izquierda.
A la BILD-Zeitung, la demandante, que entonces tenía 46 años, le explicó además que Paul había hecho llegar a su madre en 1966 un pago único de 30.000 marcos alemanes como compensación y dinero para su silencio, y que también después, durante muchos años, le había transferido 200 marcos mensuales en concepto de manutención. La fiscalía abrió una investigación. Pero el proceso se sobreseyó en 2007. Pues, aunque el delito hubiera tenido lugar, según el portavoz de la justicia Michael Grundwald, entretanto habría prescrito.
Se plantea la pregunta de por qué la madre interpuso siquiera una demanda de paternidad si debía dar por hecho que, en el marco de la práctica de la prueba, se realizaría un test de ADN que permitiría determinar sin lugar a dudas si decía la verdad, en caso de que precisamente no fuera así. Lo mismo vale para la nueva demanda de la hija. Bajo esta premisa, hay que suponer en realidad que las damas creían seriamente poder ganar finalmente las demandas a su favor, porque el «auténtico» Paul tendría que someter su material genético a examen. Por consiguiente, la muestra de ADN de McCartney de los años ochenta, que no coincidía con el ADN de la controvertida descendencia, era efectivamente «fake», es decir, no procedía al menos de aquel Paul con el que la hamburguesa había mantenido intimidad entre 1959 y 1962, o bien no se trata de la misma persona. O la demandante no estaba en plena posesión de sus facultades mentales cuando acudió a la fiscalía.
También sería interesante saber de qué hablaba la exmujer de Paul McCartney, Heather Mills, en directo en la televisión estadounidense, cuando contaba «verdades más allá de lo imaginable» respecto a su antiguo esposo. Verdades tan «impactantes que el mundo no las soportaría». Mills relató, además, que había depositado los documentos y pruebas correspondientes en manos de terceros, para protegerse a sí misma y a su familia de Paul y su entorno. Asimismo, deja bien claro, con insistencia, que esas verdades no tienen que ver con aventuras amorosas ni escándalos habituales de estrellas del rock. Eso, naturalmente, despierta la curiosidad.
Historias de este tipo se encuentran a montones si se sigue la historia de más de 60 años de la banda más exitosa de todos los tiempos. Y todavía siguen apareciendo nuevos libros y documentales sobre el tema. Por ejemplo, últimamente Faul – The Musical o la ominosa serie de libros The Memoirs of Billy Shears, escrita por el igualmente ominoso autor Thomas E. Uharriet, que por lo demás parece ocuparse principalmente del tema del haiku. Cómo llegó él, hace años, a ponerse en la piel del doble de Paul —o, en caso de que este exista, cómo logró acceder a su información secreta—, permanece en la oscuridad. En Wikipedia existe incluso un foro de debate dedicado al complejo temático «Paul is dead». Pero tampoco eso ha podido, hasta ahora, aportar certeza.
Así, el fan escéptico de los Beatles seguramente tendrá que seguir viviendo con la incertidumbre lacerante de si es el auténtico Paul McCartney quien continúa recorriendo el mundo incansablemente de gira, o si quizá sean, después de todo, Vivian Stanshell, William Campbell, Phil Ackrill de «Danny Laine and The Diplomats» o Bill Shepherd, líder de la banda «Billy Pepper & The Pepperpots alias Billy Shears —muy cotizados entre los «frikis del Paul-is-dead»— quienes desde 1967 encarnan al Beatle. Cómo logran o lograron los candidatos mencionados llevar en paralelo su propia vida mientras interpretaban al ocupado Beatle, es algo que las teorías correspondientes, por desgracia, dejan sin respuesta.
Algunas cosas, sin embargo, quizá tampoco se quieran indagar con mayor detalle, sino conformarse, como en el caso presente, por una vez, simplemente con la reluciente ilusión, con el resultado final, con el arte. Pues la calidad atemporal de la música no sufre hasta hoy en lo más mínimo por las manchas potencialmente oscuras de la historia de la banda ni por las presuntas manipulaciones procedentes del trasfondo del Estado profundo.
La vida es lo que sucede mientras uno hace planes.
En cualquier caso, tras la disolución de los Beatles fue Paul McCartney quien, como primer antiguo miembro de la banda, publicó su álbum en solitario homónimo. Ya había trabajado en él durante las grabaciones de «Abbey Road», lo que en su momento causó tensiones adicionales en el seno de la banda. John, por su parte, también había trabajado ya en 1968 y 1969 en nueva música con su esposa Yoko Ono, distanciándose así igualmente de su banda, pero no sacó al mercado su primer disco en solitario hasta después del último álbum de los Beatles y de McCartney. Título del disco: «John Lennon/Plastik Ono Band», ensalzado por muchos críticos como el disco de rock más honesto de todos los tiempos.
Tras años de estrés de giras, beatlemanía y múltiples malas experiencias con las caras oscuras de la industria musical, Lennon en algún momento perdió las ganas de la publicidad escenificada, del diseño de imagen, de las citas y el marketing. Estaba en busca: de sí mismo, del sentido de la vida y de la verdad.
Así, ya en el debut en solitario de John se encuentra el grandioso tema Working Class Hero, probablemente la mejor canción política —o letra de canción— de todos los tiempos. Al menos desde el punto de vista del autor. Para esta afirmación tan rotunda hay varias razones: por un lado, la pieza está compuesta de forma musicalmente muy sencilla y, por ello, resulta también fácil de aprender con rapidez para principiantes de la guitarra. La sucesión de acordes se compone principalmente de la menor y sol mayor, y solo cambia a re mayor para una línea del estribillo. Así la canción tiene mejores posibilidades de difundirse con rapidez. Además, también el canto es poco complejo e invita a cantar. Tras unas cuantas pasadas, uno es capaz de repetir de memoria las líneas. Incluso sin acompañamiento musical. Por otro lado —y mucho más importante—, el texto es universalmente interpretable. Para toda persona de este mundo.
Es decir: cualquiera que viva en una sociedad marcada por el capitalismo se reconocerá, a su manera muy personal, en «Working Class Hero». Y no solo en una línea aislada, en aquella metáfora sobresaliente o en una consigna aislada, sino en el texto completo, que traza de manera ejemplar y abierta a la interpretación el itinerario vital de una persona de la clase obrera en el sistema neofeudalista y corrupto de nuestro tiempo. Desde el nacimiento hasta la cima de la carrera. Cada línea genera de inmediato una imagen en la cabeza, despierta recuerdos de la infancia y los trae a la memoria. Eso es lo que hace tan fuertes los versos redactados por John Lennon a finales de 1970, tan abrumadoras las emociones que la pieza desata.
No necesitas a nadie que te diga quién o qué eres. ¡Eres lo que eres!
Automáticamente, el receptor proyecta su propio itinerario vital, experiencias subjetivas, recuerdos personales y sentimientos olvidados en las letras que el exBeatle recita con voz serena. John Lennon lleva al oyente en un viaje por su propio pasado. Se refiere al del adolescente de Liverpool que se crió con su tía, y por igual al del oyente. Desenmascara el sistema escolar como adoctrinamiento. Luego el mundo laboral como servidumbre moderna. Y destila esa información en un puñado de sílabas. Eso es alto arte. Escribir textos complejos y cerebrales es, en comparación, sencillo. Detrás de la simplicidad, la facilidad para grabarse en la memoria y la adaptabilidad universal de una canción, más allá de la propia realidad vital, del propio ámbito cultural y de la propia época, se oculta el camino hacia la obra maestra.
Y, encima, más que nunca juguete de la incapacitación y la deshumanización inherentes al sistema, de procesos de expropiación, luchas ideológicas de poder e intereses hegemónicos militar-industriales impuestos. Estas tendencias fascistoides —que siguen de forma casi lineal la distopía «1984» de George Orwell— eran para Lennon, evidentemente, ya en los años setenta claramente previsibles, como acreditan distintas entrevistas con el músico y activista por la paz de aquella época. Ya entonces el Beatle politizado criticaba las pérfidas maniobras geopolíticas de los bloques de poder dominantes: EE. UU., Rusia y China. Además, el de Liverpool tenía absolutamente claro que el monopolio de la violencia del mafioso sistema estatal no se puede superar por la fuerza. Que la resistencia y la revolución solo tienen posibilidades cuando la protesta se abre paso por vías pacíficas.
Cuando se llega al punto de tener que emplear la violencia, se está jugando el juego del sistema. El establishment te provocará (…) para llevarte a luchar. Pues, una vez que te han vuelto violento, saben cómo tratar contigo. Lo único con lo que no pueden lidiar son la no violencia y el humor.
Así, para sus campañas apostó por eslóganes como «Give Peace a Chance» o «War Is Over If You Want It», por «Bed-ins for Peace» de gran efecto mediático junto a Yoko, por la libertad artística y el humor, sobre todo en el trato con las fuerzas oscuras del Estado profundo, que por su parte hacían todo lo posible por expulsar a Lennon cuanto antes de nuevo de Estados Unidos, país que él había elegido como patria de adopción tras la disolución de su primera banda. «Working Class Hero» causó quebraderos de cabeza en el establishment estadounidense ya al comienzo de la estancia de Lennon en América en 1971, aunque la canción se había publicado un año antes. Senadores y funcionarios se quejaban del lenguaje soez y del tono subversivo y antiestatal de la pieza. Las emisoras de radio la pinchaban de todos modos, salvo unas pocas excepciones que secundaron el llamamiento estatal al boicot.
Solo cuatro meses después de «Working Class Hero», en marzo de 1971, apareció el sencillo de John «Power to the People». Seguido muy de cerca por su himno pacifista más conocido —«Imagine»— en octubre de 1971. Con ello la orientación de los contenidos quedaba clara. Y el exBeatle, mal visto por el establishment estadounidense. Las autoridades americanas no dejaron nada por intentar para torpedear la solicitud de nacionalización del músico británico. Mientras tanto, «Imagine» se convirtió en la canción más exitosa de su carrera en solitario. Más de 200 artistas la han reinterpretado hasta hoy. El tema figura entre las 100 canciones más pinchadas de todos los tiempos y fue elegido en el puesto 30 de la lista de las canciones del siglo de la «Recording Industry Association of America» (RIAA). El mensaje de John Lennon ya no podía detenerse.
«Las ideas no necesitan armas si logran convencer a las grandes masas» (Fidel Castro).
Tras la publicación de su gran sencillo de éxito, a John Lennon solo le quedaban nueve años de vida. La primera mitad de ellos bebió mucho, tomó drogas y no sabía muy bien qué hacer consigo mismo. De 1975 a 1980 se ocupó principalmente de su hijo Sean, el único hijo con Yoko. Preguntado por lo que había hecho desde mediados de los años setenta, respondió en una entrevista: «Hornear pan y cuidar del bebé». Y justo cuando, inspirado por una tormentosa travesía en velero rumbo a las Bermudas, había comenzado a trabajar en nuevas canciones, su historia habría de encontrar su abrupto y dramático final. Probablemente, su pacifismo movilizador de masas y su ruidosa crítica a la guerra de Vietnam acabaron siéndole fatales. El 8 de diciembre de 1980, hacia las once de la noche, Lennon, que entonces tenía 40 años, fue tiroteado ante la entrada del Dakota Building neoyorquino. Por Mark David Chapman, un perturbado autor solitario, según la versión oficial.
Tras la cremación de Lennon, Yoko Ono esparció sus cenizas en el cercano Central Park. En dicho lugar se encuentra hoy en día el Imagine-Memorial, siempre cubierto de flores, cartas y objetos de devoción. Su asesino, en cambio, vive. Y, a intervalos regulares, presenta solicitudes de excarcelación. En 2020 fue rechazada su undécima solicitud de libertad condicional. La siguiente vista tendrá lugar en agosto de 2022. Probablemente con un resultado similar. Pues Yoko Ono recurre cada dos años la solicitud.
La opinión predominante sobre el móvil de Chapman era y es que disparó para hacerse famoso, como asesino de un famoso. Sin embargo, este argumento, a la vista de la confesión de Chapman, no resulta realmente sólido. Pues, si hubiera buscado publicidad, habría seguido el consejo de su abogado y se habría ido al proceso penal, que presumiblemente habría causado sensación en todo el mundo. Con cobertura televisiva en horario de máxima audiencia incluida. Sin embargo, debido a su inmediata declaración de culpabilidad, no hubo juicio-espectáculo. Chapman fue directo a la cárcel. También en entrevistas y demás oportunidades de obtener atención se mostró, por lo general, reservado.
Durante una entrevista televisiva con Larry King en 1992, doce años después del asesinato, Chapman intentó describir sus motivos, acotar el detonante del crimen. Sus explicaciones no resultaban lógicas. Las razones de su actuación permanecían difusas. Se generaba la impresión de que él mismo seguía buscando respuestas. O de que no cuenta toda la historia, quizá no pueda contarla. Y para ello ni siquiera tiene que mentir, como revelan las investigaciones del autor estadounidense Phil Strongman sobre el caso Mark David Chapman.
En su libro «John Lennon: Life, Times and Assassination», publicado en 2010, examina las evidentes contradicciones en lo relativo al desarrollo del crimen, el nebuloso pasado del presunto autor solitario, su situación en cuanto al móvil y, sobre todo, las asombrosas negligencias de las autoridades estadounidenses durante las investigaciones del atentado. Strongman pone el foco exactamente en aquellas preguntas que el FBI habría tenido que formular si Estados Unidos hubiera estado realmente interesado en esclarecer el delito violento, pero que evitó a toda costa plantear.
Por ejemplo: ¿quién es Chapman, el «don nadie», como él mismo se define, de un poblacho de Georgia? ¿Por qué se le presenta comúnmente como un fanático de Lennon y de los Beatles? En su vivienda no se encontró ni un solo soporte de sonido, ni un libro, ni un recorte de periódico ni ningún otro material sobre los Beatles. ¿Qué llevó a Chapman, en los días previos al asesinato, a volar desde su lugar de residencia, Hawái, a Nueva York? ¿Y qué hizo durante la innecesaria escala, silenciada, en el aeropuerto de Chicago? ¿Por qué vivía Chapman siquiera en Hawái, cerca de un campo de entrenamiento de la CIA? ¿Qué hacía exactamente en su empleador World Vision International, una organización fundada en 1950 a la que se atribuye ser una de las incontables empresas pantalla de la CIA? ¿Por qué estuvo Chapman en Beirut, un bastión de la CIA durante la Guerra Fría?
¿Por qué se encontraban todos los orificios de bala en el lado izquierdo del cuerpo de John Lennon, si Mark David Chapman estaba de pie a la derecha, detrás de él, cuando disparó? ¿Cómo pudo apuntar con tanta precisión que los médicos, durante la autopsia, tuvieron dificultades para extraer las balas, casi superpuestas unas sobre otras? Según el dictamen forense, una proeza balística, y sumamente improbable para no profesionales, máxime desde el ángulo equivocado. ¿Por qué se excluyó de las investigaciones a expertos que partían de la existencia de varios tiradores? ¿Por qué nadie examinó más de cerca al vigilante del Dakota Building que estaba de servicio en el momento del crimen —José Sanjenís Perdomo, pese a que este había trabajado de forma demostrable para el servicio secreto estadounidense como asesino profesional y se había enrolado como mercenario para la invasión de bahía de Cochinos en Cuba? ¿Por qué pudo Perdomo, tras los disparos a Lennon, acercarse con toda tranquilidad a Chapman y quitarle de la mano —sin resistencia alguna del tirador— el arma cargada? ¿No sería la reacción natural en semejante momento de shock buscar refugio, aunque fuera en la garita de vigilancia de la entrada del Dakota Building, o responder al fuego contra Chapman? ¿Por qué motivo no tenía Perdomo miedo de que Chapman dirigiera el arma hacia él y apretara el gatillo? ¿Se debía a que Perdomo y Chapman estuvieron toda la tarde solos, holgazaneando ante la entrada del Dakota, hablando de bahía de Cochinos o del asesinato de John F. Kennedy, hasta que Lennon apareció poco antes de las 23:00 horas?
«José Perdomo le dijo a la policía que Chapman era el asesino de Lennon. Uno de los agentes que lo detuvieron, Peter Cullen, no creía que Chapman hubiera disparado a Lennon. Cullen creía que el tirador era un operario del Dakota, pero Perdomo convenció a Cullen de que había sido Chapman» (Latin News Agency, 8 de diciembre de 2018)
Además, rige siempre el imperativo del abecé criminalístico: ¡Follow the money! ¿Cómo se financiaba, entonces, Chapman, que nunca tuvo un empleo fijo, buenos ingresos ni nada parecido a una carrera? ¿De dónde sacaba el dinero, un hombre de trabajos ocasionales, para su tren de vida por encima de la media? ¿Quién sufragó el viaje de seis semanas alrededor del mundo que Chapman realizó en 1978? ¿Y qué hizo en Tokio, Seúl, Hong Kong, Singapur, Bangkok, Nueva Delhi, Ginebra, Londres, París y Dublín?
La pregunta quizá más importante: ¿por qué Chapman, tras los disparos a Lennon, se quedó allí, en el lugar del crimen, como paralizado? ¿Como si acabara de despertar de un sueño? Transeúntes y policías de patrulla describen su comportamiento como el de un zombi sin voluntad. Desorientado y confuso, respecto de sí mismo y de su entorno. ¿Dónde estaba su reflejo de huida? ¿Por qué no salió corriendo? ¿Y por qué no se sometió a Chapman a un test de drogas?
¿Por qué se ignora el hecho de que Chapman hable de voces en su cabeza que, antes de los disparos, le exigían con vehemencia «hacerlo»?
¿Que él mismo describa recordar el momento del crimen como «dos películas distintas» —una en los minutos anteriores al disparo del arma, que lo puso nervioso, lo alteró, lo corrompió emocionalmente, y otra tras apretar el gatillo, que describe como tranquila, vacía, carente de sentido y paralizante? Chapman declaró haberse sentido, en los minutos posteriores al crimen, como si lo hubieran arrancado de un sueño profundo, de un sueño.
Ninguna de estas preguntas se aclaró en el transcurso de las investigaciones oficiales. Los expedientes correspondientes del FBI permanecen bajo llave hasta el día de hoy. Top Secret. Seguridad nacional y demás. Eso ya se conoce del asesinato de John F. Kennedy. A la vista de los hechos antes expuestos, sin embargo, no hace falta mucha fantasía para imaginar lo que realmente ocurrió el 8 de diciembre de 1980 en Nueva York. Sobre todo si uno se ha ocupado de los perturbadores programas MKULTRA, MKNAOMI, MKOFTEN, MKCHICKWIT, CHATTER o ARTICHOKE de los servicios secretos estadounidenses.
El objetivo de estos despreciables experimentos con seres humanos: la manipulación de la conciencia. La creación de asesinos que actúan de forma subconsciente y que, desde el estado normal, pueden ser activados mediante una señal desencadenante e inducidos a cometer el crimen. Los métodos: LSD, electrochoques, tortura psicológica, privación del sueño, violencia verbal y física. Quien suponga que tales ideas solo sirven como material para una simpática película de espías, se equivoca. Un informe de la CIA desclasificado, del año 1975, constata por ejemplo:
«Si la hipnosis tuvo éxito, pueden crearse asesinos para eliminar a un destacado (..) político o, en caso necesario, a un funcionario estadounidense.»
Stephen Kinzer, que desde hace mucho tiempo investiga los proyectos secretos de la CIA, escribió en su libro «Poisoner in Chief», publicado en septiembre de 2019:
«A comienzos de los años cincuenta, la CIA instaló centros secretos de detención en los territorios bajo control estadounidense en Europa y Asia oriental. Principalmente en Japón, Alemania y Filipinas. (…) La CIA apresó a personas sospechosas de ser agentes enemigos. Y a otras personas que consideraba prescindibles, para llevar a cabo con ellas distintos tipos de tortura y experimentos humanos. Los prisioneros eran interrogados mientras se les administraban drogas psicoactivas, se les aplicaban electrochoques, se les sometía a temperaturas extremas. Se los exponía a aislamiento sensorial y cosas por el estilo, para desarrollar una mejor comprensión de cómo destruir y controlar la mente humana.»
También David McGowan describe en su obra «Programmed to Kill (2004), a partir de numerosas fuentes originales, cómo los servicios secretos estadounidenses crían durmientes. Así que quien todavía crea en la fábula de que el Estado es su amigo, quizá debería replantearse ahora esa postura. Pues la lista de experimentos humanos poco éticos es larga. Muchos de ellos fueron asombrosamente exitosos, si se lo quiere llamar así. Pero en la cúspide de la cadena alimentaria no hay escrúpulos. Allí se aprende a sonreír al matar.
Exactamente eso es lo que describe John Lennon con su último verso en «Working Class Hero»: «First you must learn how to smile as you kill». Así, Mark David Chapman fue quizá un candidato de Manchuria o solo el tonto útil. O ambas cosas.
En cualquier caso, los indicios dan todos los motivos para suponer que es el Gobierno de Estados Unidos quien tiene sobre su conciencia al fundador de los Beatles. Porque no pudo sacarlo del país por medios jurídicos y fue teniendo cada vez más miedo de su capacidad para levantar a las masas contra el sistema imperante. Pacíficamente, pero con firmeza. Con amor, humor y creatividad.
Su muerte, por fortuna, no lo hizo enmudecer. Al contrario. Pues John Winston Lennon se volvió, a través del atentado, aún más inmortal de lo que ya era de todos modos como miembro de la banda más exitosa de todos los tiempos. No un mártir, sino un héroe de la clase obrera, cuyas ideas e ideales sobrevivirán a los tiempos. Imagine Peace.
Original
„As soon as you’re born they make you feel small,
By giving you no time instead of it all
Till the pain is so big you feel nothing at all.
A working class hero is something to be,
A working class hero is something to be.
They hurt you at home and they hit you at school,
They hate you if you’re clever and they despise a fool,
Till you’re so fucking crazy you can’t follow their rules.
A working class hero is something to be,
A working class hero is something to be.
When they’ve tortured and scared you for twenty odd years,
Then they expect you to pick a career,
When you can’t really function, you’re so full of fear.
A working class hero is something to be,
A working class hero is something to be.
Keep you doped with religion and sex and TV,
And you think you’re so clever and classless and free,
But you’re still fucking peasants as far as I can see.
A working class hero is something to be,
A working class hero is something to be.
There’s room at the top they are telling you still,
But first you must learn how to smile as you kill,
If you want to be like the folks on the hill.
A working class hero is something to be.
A working class hero is something to be.
If you want to be a hero well just follow me,
If you want to be a hero well just follow me.“
Übersetzung
„En cuanto naces te hacen sentir pequeño,
dándote nada de tiempo en vez de todo,
hasta que el dolor es tan grande que ya no sientes nada.
Un héroe de la clase obrera es algo que vale la pena ser,
un héroe de la clase obrera es algo que vale la pena ser.
Te hieren en casa y te pegan en la escuela,
te odian si eres listo y desprecian al necio,
hasta que estás tan jodidamente loco que no puedes seguir sus reglas.
Un héroe de la clase obrera es algo que vale la pena ser,
un héroe de la clase obrera es algo que vale la pena ser.
Cuando te han torturado y atemorizado durante unos veinte años,
entonces esperan que elijas una carrera,
cuando en realidad no puedes funcionar, estás tan lleno de miedo.
Un héroe de la clase obrera es algo que vale la pena ser,
un héroe de la clase obrera es algo que vale la pena ser.
Te mantienen drogado con religión y sexo y televisión,
y crees que eres tan listo y sin clase y libre,
pero seguís siendo jodidos campesinos, por lo que puedo ver.
Un héroe de la clase obrera es algo que vale la pena ser,
un héroe de la clase obrera es algo que vale la pena ser.
Hay sitio en la cumbre, te siguen diciendo,
pero primero debes aprender a sonreír mientras matas,
si quieres ser como la gente de la colina.
Un héroe de la clase obrera es algo que vale la pena ser,
un héroe de la clase obrera es algo que vale la pena ser.
Si quieres ser un héroe, pues sígueme sin más,
si quieres ser un héroe, pues sígueme sin más.“
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